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Lo que viene a continuación es un complemento, que pretende dar una visión más científica y psicologista de la génesis y significado de las fantasías en general, y un poco de las ensoñaciones eróticas en particular. En un ensayo iría quizá al principio del texto. El Cerebro, verdadera sede del Sexo… y de la Mente que fantasea. Ya lo hemos oído a veces: el cerebro es el principal órgano sexual. Desencadena y regula las sustancias químicas, reflejos y mecanismos de la psique y del organismo relacionados con estímulos y respuestas sensoriales, excitatorios, eróticos, orgásmicos, a través de conductos y terminaciones nerviosas, sanguíneas, linfáticas, etc. Pero el cerebro es también la sede de la mente, la cual estructura lo que llamamos el ego, la personalidad o la conciencia -sea lo que sea lo que las diferencia entre ellas-. El caso es que si el cerebro y la mente no lo permiten, resulta imposible sentir placer sexual. A nivel cerebral es sabido que, por ejemplo, ingerir dosis elevadas de acohol inhibe la erección, la lubricación natural o el orgasmo en algunas personas. A nivel mental, si estamos preocupados, estresados, deprimidos o enfadados, o simplemente no estamos de humor, tanto el deseo erótico como el placer o el orgasmo pueden también bloquearse. Una fantasía, en general, es una representación mental de ciertas vivencias o elucubraciones personales, mezcladas y elaboradas de un modo similar a los sueños, sólo que sin perder del todo la persona el estado de vigilia o de conciencia -no entraremos aquí a analizar dónde delimita exactamente el consciente con el inconsciente, esto corresponde a la Filosofía o a la Psicología Profunda-. Comparte muchos aspectos con los sueños; como en ellos, la psique genera información al nivel de los símbolos, lo cual se presta para realizar todo tipo de interpretaciones. Según cierta teoría de la neuroantropología, este potencial de la mente para generar contenidos simbólicos y dotarlos de emotividad, es un residuo de una época en la que el pensamiento racional estaba poco desarrollado, y la mente inconsciente gobernaba de este modo la mayoría de actos de los individuos. Mente, Representación, Emoción … y Libido. Si la misma percepción y comprensión primeras de la realidad pueden considerarse una representación no fidedigna, mediada por nuestros órganos sensoriales y nuestro sistema nervioso -la percepción de la vida como un sueño o ilusión, tal como nos lo exponen poetas y corrientes místicas como el budismo zen-, no existiría entonces un límite claro entre los sueños y las fantasías, y tal vez ambos serían una continuación de esa ilusión perceptiva estando el individuo en estado de consciencia o semiconsciencia. Lo que parece caracterizar a los sueños y las fantasías -personalmente no los diferenciaría demasiado- es que están especialmente teñidos de una fuerte emotividad, por sentimientos del tipo de idealizaciones o frustraciones, porque requieren de un esfuerzo especial de comprensión y elaboración. Emociones de diversa índole acompañan la mayoría de nuestros actos y decisiones vitales, y parecen ser necesarias diríamos que hasta para hallar un sentido a nuestra existencia. Con su correspondiente carga emocional, sueños y fantasías serían entonces elaboraciones e intentos de comprensión de vivencias contradictorias o conflictivas. Visualizándolas, reinventándolas, compartiéndolas, 'durmiéndolas', a modo de una ejercitación virtual de toda una serie de mecanismos internos del individuo, parece que llegamos a entenderlas o al menos convivir con ellas; según los científicos, con ello se reestructuran las áreas del cerebro que constantemente elaboran modelos de adaptación a la realidad o medio ambiente, se revitalizan y actualizan funcionalidades del cerebro-mente como la creatividad, la improvisación, la asignación de cierto orden y sentido a los diversos estímulos recibidos, la elección de respuesta rápida y eficaz a estos estímulos.
Las fantasías y sueños eróticos son una parte sustancial del total de nuestras ensoñaciones -dormidos o despiertos-. No sólo reflejan ciertas vivencias exteriores, sino que son potenciadas por la pulsión sexual o libido, que tiene un origen hormonal, y que retroalimenta frecuentemente en el cerebro la génesis de tales representaciones erotizantes. Esta energía psicosexual prepara para el deseo y la excitación, y busca desahogarse o vehicularse, en lo posible, por diseño biológico, juntándose con una persona del sexo opuesto con la finalidad de acoplarse y originar descendencia. Psicológica y culturalmente tiene otras funciones, como la exploración de la propia sexualidad, el tantear sus límites, la transgresión de normas y costumbres, la evitación del control social y del propio autocontrol moral, etc. También, por qué no, un antídoto más contra el aburrimiento.
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