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A modo de conclusión
La eyaculación 'rápida' ha existido siempre. Pero como problema, como trastorno de eyaculación 'precoz', ha empezado a cobrar cuerpo coincidiendo con el reconocimiento social de la sexualidad femenina. En el pasado, cuando la existencia de ésta era negada, el goce sexual era patrimonio de hombres, razón por la cual no había una preocupación generalizada acerca de la precocidad de la eyaculación. La emancipación de la mujer, entonces, quizá está poniendo las cosas en su lugar, provocando con ello una desubicación o incluso un acomplejamiento en el rol del género masculino, de lo cual este trastorno sería un signo más, pues afecta a otros ámbitos y genera otros problemas. Parece que afecta en especial a individuos con ansiedad e inseguridad en sí mismos o que desconocen su propia sexualidad; parece también que afecta a un 75% de la población masculina en algún momento de su vida sexual, todo lo cual confirmaría lo dicho antes. Confirmaría, en fin, que si decidiéramos incorporar este factor sociocultural como causa, no está tan claro que se trate de un verdadero trastorno de carácter exclusivamente orgánico o psicógeno (tan alto porcentaje de afectados haría pensar más bien en una vasta epidemia). La Sexualidad, como vivencia incorporable a la 'realización' y a la construcción del individuo, es claramente una creación cultural fruto del aprendizaje. El análisis del origen y evolución de los conceptos y de algunas costumbres sexuales en diversas culturas, a través de su historia, no sólo nos muestra el poco éxito en explicar la sexualidad humana en base a unas supuestas leyes biológicas, sino que nos enfrenta a la relatividad de nuestras propias creencias y sentimientos, al porqué de nuestras limitaciones y de nuestras actitudes negativas respecto al goce sexual propio y ajeno. La conducta sexual es aprendida, y la motivación sexual es adquirida. La necesaria investigación psicológica en el marco de la sexología moderna deberá centrarse más en explicar la interacción secuencial entre el aprendizaje psicosocial y los factores innatos o bioquímicos postnatales. Este debate entre lo natural y lo cultural está en la base de la Antropología, la Filosofía, y de hecho del espíritu de las Leyes que nos constituyen como sociedad, y no está ni mucho menos resuelto. La paradoja, por tanto, es extensible a muchos otros problemas en muchos otros ámbitos, y lleva al absurdo de que a veces usamos argumentos biologistas para abordar una cuestión, y al momento siguiente empleamos argumentos culturalistas para abordar otra diferente, haciéndolo según nos convenga. Vemos esta paradoja, quizá esta 'conveniencia argumental', en el mismo problema sexual que nos ocupa: mientras que está plenamente aceptado como 'normal' que el tiempo promedio (aparentemente también el tiempo 'natural') que la mujer tarda en conseguir un orgasmo es más largo que en el hombre, en cambio se conviene en considerar que el tiempo promedio 'natural' del hombre en eyacular constituye una disfunción o un trastorno. Los dos minutos que tarda de media el hombre son un tiempo más cerca de lo natural o de lo biológico, pero la evolución o dinamismo sociocultural le reclama que ese tiempo se prolongue, aunque sobre el papel la forma de hacerlo resulte injusta y no equitativa, en aras de cumplimentar la demanda de satisfacción sexual por parte de la mujer o incluso, parecería, de un mayor bienestar social. Quizá podríamos concluir que es un trastorno personal porque el entorno socio-cultural ha decidido que lo sea, y en realidad deberíamos llamarlo un fenómeno o un trastorno cultural.
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