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Causas conyugales. En éstas, el problema se centra en la forma de relacionarse o interactuar con el cónyuge; por tanto no necesariamente hacia terceras personas que de repente pudiesen aparecer como objetos sexuales, de hecho en una situación así se puede llegar a desarrollar un deseo sexual exagerado. Ya se ha dicho que este tipo de causas pueden provenir de otros factores primarios y haberse convertido posteriormente en nueva causa, que retroalimenta el problema: por ejemplo, una descoincidencia reiterada de momentos, lugares o situaciones. Aquí se observan en general actitudes de evitación o retraimiento para con la pareja sentimental: en la mujer especialmente -su sexualidad es más emocional o, digámoslo, algo menos simple que la del hombre-, si tanto el sexo como la intimidad con la pareja han dejado de ser satisfactorios, el deseo sexual tiende a desaparecer antes que en el hombre, lo que entraña una especie de defensa corporal instintiva, que se ha interpretado como un impedir la posibilidad de embarazarse de esa otra persona, y simboliza la pérdida de la confianza. Hallamos, pues, explicaciones que corresponden a elementos muy básicos en una relación sentimental: mala comunicación, caracteres incompatibles, falta de confianza, resentimiento, abuso sexual o emocional, poca habilidad sexual del cónyuge, etc. Las actitudes de resentimiento suelen también aparecer, agravando el problema: la misma falta de deseo puede entonces ser esgrimida como arma en la lucha de poder, especialmente por parte de quien se siente menos poderoso, normalmente la mujer. Como en la anterior categoría de causas, aquí también hay que interesarse por el problema que afecta a la pareja, ponerse en su lugar y ayudarle a solucionarlo. No tomarse las cosas personalmente, no etiquetar nunca a la otra persona, no sospechar cosas infundadas, ser más tolerantes, menos exigentes, 'bajarse' un poco del propio ego y no permitir que todo gire en torno al 'yo' y al 'mí'. Más sobre las causas conyugales. La forma de concebir la relación de pareja. Casos de falso problema. Conflictos matrimoniales o de pareja, luchas de poder en su seno, ira reprimida, confianza traicionada, estrés o ansiedad, rutina o aburrimiento son causas -o efectos- que convergen a menudo en la relación conyugal. Con lo que podría casi afirmarse que ésta misma, con sus dinámicas propias, es de hecho una causa inherente de disminución de deseo. Y a veces la relación misma, como si fuese una entidad propia, ejerce sobre sus miembros una presión injusta, que lleva a crear un falso problema: todas las personas atraviesan etapas de ciclos hormonales fluctuantes, o variaciones en su estado de salud o condición física, que llevan a experimentar menos deseo sexual de forma natural, lo que no debería constituir problema alguno; muchas mujeres, por ejemplo, tienen menos deseo en ciertas etapas de su ciclo ovulatorio. Pero puede ocurrirles tanto a hombres como mujeres durante una época de sus vidas. Es normal y natural, pues, que en una relación de pareja prolongada existan periodos o ciclos de poca sincronía sexual, sobre todo cuanto más tiempo están ambos juntos; puede ser bueno aprender a reconocerlos cuando aparecen, y no darles más peso del que tienen, como fenómeno seguramente pasajero. Hay un segundo caso de falso problema. Quizá no es tan natural, pero es también habitual que una pareja se lamente de escaso deseo sexual, cuando tras un detenido análisis se descubre que jamás en el pasado habían tenido un nivel de pasión o química sexual demasiado alto, lo que a menudo parece haberse olvidado: otros valores pueden haberse puesto como base de la relación, ya sea la generosidad, la estabilidad, la amistad, etc. Sea por este tipo de razones o por otras, por desgracia es muy común la aparición del trastorno, generador de mucha ansiedad, y expresado como que uno/a siente que tiene más deseo que su cónyuge; indagando un poco, a veces se descubre que un cónyuge siente que su pareja nunca quiere tener relaciones sexuales, mientras que el otro expresa que es la otra persona la que quiere tenerlas constantemente. Unas veces las causas de este distanciamiento no son primordialmente de índole sexual, sino más bien emocional o convivencial, y habrá que indagar pues en estas líneas, si es preciso mediante la ayuda de una terapia de pareja para desentrañar posibles temores, actitudes hostiles, proyecciones de carencias propias, o resolver conflictos o dinámicas viciadas. Los motivos propiamente sexuales. Aunque en ocasiones las verdaderas causas sí parecen tener que ver con el sexo. Básicamente son de dos tipos. En primer lugar, la existencia de ritmos o frecuencias diferentes: una persona puede tener bastante con una o dos veces por semana, mientras que su pareja necesita al menos cuatro o cinco. Sucede igual con instintos o necesidades muy básicos, como la comida, el sueño o la actividad física. Parecen pues tener esta causa, pero… de hecho tampoco siempre: a veces quien muestra más ganas de sexo, aquí normalmente la mujer, en realidad lo que está haciendo, forzándose a sí misma a mostrarse más sensual y seductora, es llamar la atención al cónyuge, quien quizá no pone su energía emocional y sexual en la pareja por causas de estrés laboral o similares. En segundo lugar, el hecho de que las prácticas sexuales preferidas por hombres y mujeres pueden ser bastante distintas, lo que suele provocar conflictos y frustraciones -que no encuentran una buena forma de expresión-, o bien conducir a un sexo demasiado centrado en el coito vaginal. Esto lleva a muchas mujeres a inhibir su deseo sexual, porque no obtienen el orgasmo por esta vía, o porque además echan de menos la mayor presencia de juegos eróticos previos: a éstas y a sus parejas hay que recordarles que la penetración no es la forma mejor o más fácil de obtenerlo, para la mayoría de las mujeres. Hay que comprender esta diferencia en las preferencias y, de algún modo, negociar o alternar la dedicación a la satisfacción de unas u otras; asimismo hay que desmontar el absurdo mito de creer que se deben desear siempre las mismas cosas, o incluso que se debe obtener la misma satisfacción y en el mismo momento. También puede hacer falta dedicarse a jugar más con los cuerpos, con la sensualidad y la imaginación. O puede ser muy necesario volver a experimentar la facilidad o fluidez en la forma de proporcionarse orgasmos propios. O introducir la masturbación y la exploración/estímulo del clítoris -por qué no, con la ayuda de un vibrador-. O usar un método anticonceptivo efectivo y cómodo -la preocupación por un embarazo indeseado influye en el rechazo de la práctica coital-. Todo ello puede ser de ayuda, y llevar a ganar autoconfianza e iniciativa.
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